miércoles, 10 de abril de 2013

Una historia, un sentimiento, un recuerdo

  Desde niña, he sentido admiración y curiosidad por esos pequeños seres llenos de delicadeza, fragilidad y belleza... las mariposas.
  Recuerdo que siendo pequeña, pasaba algunos días de primavera y los veranos en una pequeña aldea (Meirás). Por las mañanas, con el sol ya calentando, me gustaba salir al campo y disfrutar del olor de las flores... ir a segar la hierba montada en el carro que era tirado por un burro, al que yo y mis hermanos habíamos bautizado como Platero... corretear entre los maizales y... mirar las mariposas. Me gustaba observar sus colores y ver como revoloteaban, aunque reconozco que a veces, cuando las tenía muy cerca, escapaba corriendo porque sentía cierto miedo (siempre fui y sigo siendo asustadiza y miedosa) pero al mismo tiempo, despertaban en mí gran curiosidad y quería verlas de cerca. 
  Recuerdo muy bien, que un día, mientras yo jugaba con una perrita llamada Tosca, a mi alrededor revoloteaba una mariposa, de la que no recuerdo su color, sentí la suavidad de su aleteo sobre mi mejilla y entonces quise cogerla, la mariposa seguía revoloteando sobre mí, así que siendo una niña "muy valiente", estiré mis brazos, abrí mis pequeñas manos y rapidamente cerré una de ellas, tenía entre mis dedos un pequeño gran tesoro, aquello que tanto admiraba y que tanta curiosidad en mí despertaba. 
  Emocionada y con una sonrisa nerviosa, con mi mano fuertemente cerrada, corrí a enseñársela a mi madre, mientras la juguetona y traviesa Tosca me seguía corriendo con sus pequeñas patitas.
  Al llegar junto a mi madre, le dije la "gran hazaña" que había hecho, al mismo tiempo que abría muy despacio mi mano y la tapaba con la otra para enseñársela sin que se me escapara, mientras, mi madre me miraba con expresión de pena sin decir nada... Al momento me di cuenta que la mariposa no se movía, abrí la mano por completo y comprendí que ya no vivía, con mi nerviosismo y emoción había cerrado demasiado fuerte mi entonces pequeña mano de finos dedos y uñas mordisqueadas y sin saberlo y mucho menos quererlo, la había matado.
 Me sentí triste por ello, después de lo que me costó perder el miedo, ser valiente y cogerla... Sin quererlo le había quitado su frágil y delicada vida. Entonces comprendí con ayuda de las palabras de mi madre que debí de haberla dejado libre y no cogerla, podía haber admirado su belleza mientras revoloteaba a mi alrededor o cuando se posase en una flor... pero no lo hice, la quise tener cerca, muy cerca y al final eso fue lo que conseguí, quitarle su belleza... su delicadeza... su vida.
  
 Lo mismo ocurre con los sentimientos, a veces de tanto que queremos, deseamos tener siempre cerca a esa persona y con la emoción que nos da el sentimiento queremos correr demasiado y tenerla en nuestras manos y la acabamos perdiendo. 
 Debemos dejar libres a áquellos que tanto sentimientos nos despiertan, debemos darles sus alas y dejarlos revolotear a nuestro alrededor hasta que ellos lo quieran, porque no somos sus dueños y si algún día deciden que quieren volar junto a nosotros, entonces sí, entonces habrá ganado el poder del sentimiento, pero nunca intentemos atrapar a nada ni a nadie, porque podemos perderlo.

Por María Celeste Orjales Prado.  (10/bril/2013)

                                                      Cuando las mariposas se enamoran, 
                                                      ¿sienten humanos en el estómago?